karoshi

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3 Junio 15, 2009

Archivado en: escritos — kar0shi @ 9:21 pm

En el adoctrinamiento en el que me vi envuelta desde feto me inculcaron la máxima de que las segundas partes nunca fueron buenas. A pesar de que fui un espermatozoide un tanto peleón, al final acabé cogiendo gusto a las enseñanzas de la madre óvulo y comprendí que luchar por valores que otros espermas ya habían intentado defender coleteando era una gilipollez. El útero es cómodo, el útero mola. La competencia desleal a los de tu misma huevada se convierte en un juego por la supervivencia. Y en esas estaba yo un día cualquiera rodeada de líquido amniótico, discutiendo con mi colega celular sobre El Padrino. Me decía que la segunda parte era mejor que la primera y que ésta a su vez que la tercera. Y yo no paraba de pensar… «No puede ser, la primera fue un desastre porque la crítica abandonó la película y se interesó por otras de estreno, la segunda llegó a ser insultada y dinamitada hasta el apocalipsis y la tercera necesitó impulso económico para pagar a los periodistas en un último esfuerzo agónico». Pero eso eran mis pensamientos, claro, nada es tan fácil de argumentar en voz alta. Así que empecé diciendo que la primera no había estado mal. Y me dio la razón. Continué con un leve ensalzamiento a la calidad de la segunda donde había visto más pasión y mayor duración de la cinta. Y me dio la razón. Pero para no seguir una lógica argumental tan simplona, añadí que la mitad de la película era un poco de relleno y que el director podía haber recortado un poco el presupuesto porque estaba faltona de profundidad en los personajes. Por supuesto me volvió a dar la razón. Como colofón, presentí que el camino más fácil para derrotarle sería poner un ejemplo personal que se comparase con la tercera parte, de tal forma que no cabría duda alguna de que mi entendimiento era insuperable. Por lo que le solté un rollo, de esos sobre amor y relaciones imposibles sobre una chica y un chico predestinados al fracaso en pareja una vez tras otra. Intenté que no pareciera directamente que yo era la fémina de la historia, pero recuerdo que sus gestos de aprobación denotaban un cierto acompañamiento de la verdad. Le comenté que al igual que en Padrino tuvieron tres partes, a cual mejor que la anterior; así como que todo acabó en un drama propiciado únicamente por las circunstancias de estas dos individualidades. A pesar de su interés por saber más de lo acontecido, yo no quise soltar prenda y me mantuve firme a la privacidad de sus vidas. Pero ahora que han pasado ya unos años desde aquella conversación, me pregunto en qué habría cambiado mi situación si le hubiera contestado que él era mi protagonista y yo su perdición.

 

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